Edoardo Bianchi, el hombre que dio vida a la pasión celeste (Capítulo I)

Edoardo Bianchi, el hombre que dio vida a la pasión celeste (Capítulo I)

6 abril 2020 Desactivado Por Virginia Barriuso Terradillos

Edoardo Bianchi era un niño inquieto, habilidoso, algo reservado. Había nacido en el corazón de Milán en el verano de 1865, un año antes de que estallara la Tercera Guerra de la Independencia Italiana. De aquella contienda, Luigi, su progenitor, volvió con cicatrices más profundas que sus heridas de guerra. A su regreso, las secuelas físicas le impedían trabajar y mantener a su familia. Un tiempo después, Edoardo quedaría huérfano. Tenía tan solo cuatro años. Tenía también un gran futuro por delante. Y es que, pasado un tiempo, Bianchi se convertiría en el padre de la bicicleta italiana. Y en fundador de la que hoy, 135 años después de su creación, presume de ser la marca de bicicletas más antigua del mundo.

Como muchos otros huérfanos de la ciudad de Milán, Edoardo fue a parar a Martinitt, una popular institución pública que llevaba acogiendo niños desde el siglo XVI. Era el mismo lugar que Napoleón Bonaparte había transformado en hospital a su llegada a la capital lombarda y que, décadas después, convertido de nuevo en orfanato, jugaría un papel destacado durante los Cinco Días de Milán. Pero esa, la de la sublevación italiana contra el dominio austriaco, esa es otra historia que el pequeño Edoardo conocería años más tarde a través de sus libros y maestros.

Allí, entre los muros de su casa de acogida, aprendería también sus primeras nociones de mecánica. Con ocho años comenzó a trabajar de aprendiz de herrero en un taller. Apenas pasada la veintena regentaba ya su propio negocio. Corría el año 1885. Y estaban a punto de nacer las bicicletas Bianchi. En esa misma época, un industrial británico llamado John Kemp Starley había decidido evolucionar el popular biciclo de rueda alta a un modelo más estable y seguro que requería de menores habilidades acrobáticas para su manejo, gracias a sus ruedas de inferior tamaño. Así, con la llamada bicicleta de seguridad «Rover», nacía la bicicleta moderna a la vez que se forjaba una marca que años después daría el salto a la automoción.

Mientras, en su tienda-taller de Vía Narona 7, Edoardo Bianchi se desenvolvía entre todo tipo de artilugios, desde velocípedos a instrumental quirúrgico o timbres eléctricos. Un gran rótulo en el que se leía «Officina Meccanica» daba entrada a aquel modesto establecimiento de dos habitaciones en que Bianchi exprimía día a día su ingenio para convertir la bicicleta de seguridad en una máquina perfecta. Sin importar que para ello tuviera que desafiar los diseños convencionales de la ingeniería. Sin importar los experimentos fallidos ni las noches en vela.


Imagen destacada: Suzzane Gibson / Flickr

Sprint Final. Virginia Barriuso (@Vicki_BT).